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  • Nazareth Castellanos

Emoción y razón, baile de disfraces


Diría que la emoción es como el silencio, desaparece cuando se pronuncia. O al menos cuando se pronuncia científicamente. He de confesar que siempre he tenido cierto recelo a las definiciones que psicólogos y científicos han dado a la emoción, y cómo la investigaban. Me recordaba a los estudios de vida salvaje que se hacen en los zoos. Sin embargo, hace no mucho, retomé el estudio de la neurociencia de la emoción y he de confesar que esta vez me emocionó.

La neurociencia cognitiva estudia los mecanismos cerebrales que subyacen a las funciones cognitivas, es decir, la atención, la memoria, el lenguaje, la percepción espacial, el conocimiento y más allá, la planificación, el autocontrol o la toma de decisiones. Estas funciones son la base de lo que definimos como inteligencia. En ningún momento se menciona la emoción, los sentimientos. Sin embargo, en la definición de inteligencia emocional se incluyen funciones cognitiva como el autocontrol y perseverancia. También está el entusiasmo y la motivación. Científicamente, parece que razón y emoción son dos cosas bien distintas, ¿es así?.

Repasemos la historia de la investigación científica de la emoción, desde el punto de vista psicológico y neuronal, para replantearnos después si razón y emoción son o no independientes. En los años 60 el psicólogo estadounidense Paul Ekman, gracias a las fotografías de personas de culturas muy diversas, llegó a la conclusión de que había expresiones faciales comunes a todos los pueblos y por tanto intrínsecas al ser humano, como ya había adelantado el padre de la teoría de la evolución, Charles Darwin. A través de esas expresiones se concluyó que las emociones básicas son la ira, el miedo, la tristeza, la felicidad, el asco y la sorpresa. Recientemente, estudios tecnológicos de la expresión facial han reducido el grupo de emociones básicas a las cuatro primeras, que son las que acepta la ciencia hoy en día. Llama la atención que solo haya una de carácter positivo, la felicidad, pero eso sería un debate larguísimo sobre el sesgo negativo y sus implicaciones para la teoría de la supervivencia. Para Ekman, la emoción es un proceso automático educado por nuestro pasado evolutivo y personal en el que sentimos cambios fisiológicos y de conducta que hacen frente a esa situación. Tal era la importancia que daba Ekman al carácter automático e involuntario de las emociones que llegó a afirmar que “nosotros experimentamos las emociones como nos suceden, no como las hemos elegimos”. Esta especie de “secuestro” emocional del que somos presos se llamó periodo refractario. A pesar de su poco atrayente nombre, este concepto esconde uno de los secretos de la mente que más nos puede enseñar sobre nosotros mismos y la regulación de las emociones, y un poco más allá pero muy relacionado, de la regulación del estrés. El periodo refractario es el tiempo durante el cual solo somos vemos y evocamos recuerdos que confirmen y justifiquen la emoción que nos secuestra. Si se ha definido la mente como un testador de hipótesis, es durante la emoción cuando vemos su faceta más radical. En el periodo refractario solo accedemos a aquellos recuerdos que coincidan con nuestra hipótesis, que la confirmen, poniendo a su servicio la dialéctica interior, la rumiación y la razón se despliega como un escudero fiel capaz de crear un sinfín de argumentos que la apoyen. La emoción nos ciega en ese momento. Ser conscientes de tal secuestro abre la puerta al autocontrol mediante la atención sobre uno mismo. La esencia inherente de las emociones es “trabajale” como bien nos enfatiza Margaret Cullen y Gonzalo Brito en su libro “Mindfulness y equilibrio emocional”.

Pero, ¿qué dice la neurociencia? Para mi grata sorpresa, confirma este “secuestro” y la posibilidad de “liberación”. Repasemos brevemente la anatomía cerebral de las emociones. Una descripción, más ilustrativa que científica, del cerebro establece que éste está formado por 3 grandes bloques: el cerebro de reptil, el cerebro límbico y el cerebro cortical. El cerebro de reptil, es aquel que comprende el tronco del encéfalo, las partes más profundas y bajas del cerebro. Es responsable de la homeostasis, es decir, del mantenimiento básico del cuerpo como es la regulación del ritmo cardiaco, respiración, temperatura corporal, sensación de hambre, entre otras, son respuestas reflejas e inflexibles. Es la parte más antigua evolutivamente hablando. Rodeando al primer cerebro está el cerebro emocional o límbico. Límbico viene de la palabra griega limbo, que significa anillo, ya que las estructuras cerebrales del sistema límbico rodean como un anillo a las estructuras del cerebro reptiliano. Este segundo cerebro está formado por las áreas cerebrales involucradas en la emoción, al que volveremos más adelante. El tercer cerebro, el más joven evolutivamente comprende la corteza cerebral, la parte más exterior del cerebro, son áreas involucradas en las funciones cognitiva superiores. Solo somos conscientes de algo cuando la información llega a corteza, si nos tocan pero la corteza cerebral correspondiente no se activa (por sedación farmacológica, por ejemplo) no seremos conscientes de dicha sensación táctil. Aunque los tres cerebros están en comunicación entre sí, la capacidad de reclutamiento del cerebro reptil sobre los otros dos superiores es mucho mayor en situaciones que consideramos de emergencia, ansiedad, estrés o miedo. Es decir, las respuestas más viscerales, automáticas e instintivas se impondrían a las procesadas intelectualmente.

Estudiemos las partes cerebrales que componentes el cerebro emocional o límbico para entender cómo procesamos las emociones. Destacan principalmente cuatro estructuras: Tálamo e hipotálamo, hipocampo y amigdala. El tálamo es como un distribuidor de la información sensorial en el cerebro. Todo lo que nos llega de los sentidos, excepto el olfato, sigue el siguiente recorrido: los receptores específicos (por ejemplo, la piel) transforman dicha información en impulsos eléctricos y al llegar a tálamo éste los distribuye según su naturaleza y función a diferentes partes del cerebro. Si recordamos la frase de Aristoteles, “no hay nada en la mente que no haya estado antes en los sentidos” comprendemos la importancia del tálamo en el procesamiento de las emociones. Muy conectado a él está el hipotálamo, que regula la respuesta corporal. El papel del hipotálamo en el sistema límbico aporta la corporalidad a la emoción. Lo que ya se había estudiado desde el punto de vista filosófico y psicológico (ver articulo de este blog, Mente corporeizada, mente en red) tiene su correlato neuronal. La emoción conlleva siempre una respuesta corporal. El hipotálamo regula la respuesta homeostática, alterando la frecuencia cardiaca, la respiración, contrayendo los músculos corporales y faciales, el estómago, e incluso el vómito. En fuerte conexión con el tálamo está también el hipocampo, la zona del cerebro más involucrada en la memoria y aprendizaje. Sin embargo, la estructura más relevante y de mayor capacidad de “secuestro” del cerebro límbico es la amigdala. Dicha estructura, en forma de almendra y de ahí su nombre, dota de significado emocional a la memoria, tiene gran capacidad asociativa lo que da base neuronal al periodo refractario del que ya hablaba Ekman. Estudios con animales y humanos han mostrado que a mayor tamaño de la amígdala mayor agresividad e hiperreacción, sin embargo, su inhibición produce falta de respuesta e incluso de consciencia. Es una de las estructuras fundamentales del cerebro. Resumiendo, cualquier información que nos llega es recibida en el cerebro por el tálamo que la envía en primer lugar al hipocampo, la memoria que reconoce dicha información, a la amígdala que lo dota de significado emocional y el hipotálamo que gestiona la reacción corporal. Sin embargo, ¿dónde está la corteza, la consciencia, en el sistema emocional racional? En la década de los 80 el equipo de Robert le Doux, en Nueva York, hizo una serie de experimentos en animales que revolucionaron la neurociencia afectiva: Se entrenaba a un conjunto de ratas para asociar un sonido con un dolor, de forma que cada vez que lo escuchasen manifestaran una respuesta emocional negativa. Mediante estimulación eléctrica se sedaba su corteza auditiva, ante la hipótesis de que si los animales no escuchaban el sonido no podrían responder. Sorprendentemente, los animales reaccionaban ansiosamente ante un sonido que no escuchaban. Este experimento ponía en tela de juicio el papel de la corteza cerebral, ¿dónde se procesa entonces la información? Le Doux y su equipo demostraron que la amígdala responde a los estímulos antes de que lo haga la corteza, las emociones parecen ir más rápidas que los pensamientos y la consciencia de ellos. Estos experimentos llevaron al descubrimiento de una conexión directa entre el tálamo y la amigdala, mucho más rápida y corta que la conexión entre tálamo y corteza. Se demostraba el periodo refractario mediante el secuestro que la amígdala puede hacer de la corteza. De esta forma, la corteza recibe información directa del tálamo pero también recibe la información ya procesada emocionalmente por la amígdala. Se ha visto, por ejemplo, que en la toma de decisiones influye la conexión corteza-amigdala, es decir, la interacción razón-emoción. Como decía Antonio Damasio, “Los sentimientos son fundamentales para la toma racional de decisiones”. Si amigdala y corteza están en continua interacción, ¿podemos decir entonces que razón y emoción son diferentes?

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